Tag Archives: indústria alimentària

Hambre emocional

Cada vez es más habitual comer pequeñas porciones de alimentos para matar el aburrimiento o paliar la tristeza, los nervios o los celos. Consciente de ello, la industria alimentaria ofrece un arsenal de productos que conectan con el centro de recompensas del cerebro.

“Mientras más productos salados, dulces y grasos se coman, más fácil resultará que las excitadas papilas gustativas encuentren los demás alimentos sosos”, alerta Carlos Casabona

Hace unos años, un periodista de The New York Times se preguntó a qué podía deberse el deseo irrefrenable que le llevaba cada día a comerse una galleta de chocolate a las tres en punto de la tarde, pese a no tener teóricamente hambre, por haber almorzado un poco antes. Gracias a sus ganas de resolver el misterio, Charles Duhhig acabó escribiendo un libro donde apuntó que no era el hambre lo que intentaba satisfacer con la galleta, sino la necesidad de hacer una pausa en el trabajo, por lo que sólo pudo dejar atrás este hábito cuando decidió concederse otro premio: dedicar los cinco primeros minutos de su jornada vespertina a conversar por teléfono con algún amigo.

Según pudo averiguar algunos meses después, Duhhig intentaba paliar sus pocas ganas de ponerse a trabajar por la tarde con un premio mucho más palatable que una zanahoria colgada de un palo, en una época, el año 2012, en que el “comer emocional” empezaba ya a causar estragos en amplios sectores de población, aunque el término se había incorporado a la literatura científica ya en 1957.

“Cuando comemos por emociones, buscamos en la comida aquello que no podemos resolver de otra manera”, explica la dietista nutricionista y doctora en Bioquímica, Griselda Herrero. El problema, apunta, es que al acabar de comer, se tienen dos problemas, “el que existía antes y el sentimiento de culpabilidad que provoca haber comido algo que no se quería”, remarca la coautora de Psiconutrición (Arcopress).

Hablamos, así pues, del hábito de acudir a la nevera o despensa a deshora en busca de un trozo de chocolate, un postre lácteo cremoso, unos cacahuetes recubiertos de miel o unas patatas chips crujientes.

Aunque Herrero señala que algunas personas comen manzanas o zanahorias al sentir apetito emocional, lo habitual es decantarse por productos muy procesados, ya que activan de forma mucho más poderosa el centro de recompensa del cerebro, liberando dopamina y serotonina, dos neurotransmisores que producen placer y premian aquellos comportamientos evolutivos que garantizan la supervivencia. Pero también ocurre al contrario: desde que empieza a formarse, el cerebro desincentiva lo amargo, ya que antiguamente los venenos solían tener este sabor.

Este proceso, dice Herrero, es mucho más acusado cuando se trata de alimentos ricos en azúcares y grasas, porque hace miles de años los nutrientes que proporcionaban mucha energía eran particularmente escasos. También el umbral de saciedad para los alimentos azucarados es más alto que para el resto, como demuestra que en casi todas las culturas sea habitual tomar alimentos azucarados al final de las comidas. Es decir, aunque una persona coma dos o más platos rebosantes de comida, todavía dispone de apetito para tomar dulces de postre.

La cuestión es que dar de comer a las emociones a horas intempestivas, a despecho del hambre real y los horarios establecidos, se ha convertido en un estilo de vida en la mayoría de países desarrollados. Los expertos citan tres causas que podrían haber contribuido a este fenómeno. La primera es la creciente necesidad de estar sobreestimulados. La segunda, la costumbre anglosajona de rendir culto al trabajo, restando tiempo a las comidas principales, a costa de picotear pequeñas cantidades de alimentos durante, prácticamente, las 24 horas del día. La última es que en la actualidad estamos más centrados en dar rienda suelta a las emociones que en ser racionales.

Aunque estos usos alimentarios no tienen  por qué convertirse necesariamente en un problema, hay colectivos, como los niños y niñas, especialmente vulnerables a comer impulsivamente. “Desde el punto de vista pediátrico, lo que observo en consulta entre mis pacientes, tanto con sobrepeso como sin él, pero de una manera más acusada entre los primeros, es que los niños, al notarse un poco aburridos, comen para experimentar un placer que, en muchas ocasiones, no sienten en su vida diaria”, confirma Carlos Casabona, pediatra de atención primaria y experto en la prevención de la obesidad infantil.

Existe todo un sector de la industria alimentaria dedicado a buscar nuevos sabores para hacer más apetecibles los alimentos y conectar con los nuevos gustos y tendencias

Para conseguir multiplicar el sabor de un alimento o darle personalidad, según la marca, existe todo un sector que trabaja para las multinacionales de la alimentación. El principal cometido de estas empresas, explica Irene Peral, experta en el desarrollo de nuevos productos en el centro tecnológico AZTI, es innovar constantemente hasta dar con sustancias que conecten con las nuevos gustos y tendencias que se registran a nivel mundial.

Algunos de estos aromas y sabores se utilizan en muchos sectores industriales, “especialmente, en bebidas energéticas, refrescos, lácteos, confitería, repostería, panadería, cárnicos, platos preparados y también en los productos farmacéuticos, que también usan aromas para facilitar su consumo”, detalla Peral.

Estas sustancias se utilizan para potenciar el sabor y que los productos sean muy apetecibles, “estimulando propiedades positivas en el consumidor, como el bienestar y la relajación”, indica esta experta, así como para recuperar compuestos que se pierden durante el proceso de producción, especialmente en productos con una fecha de caducidad larga.

Sin embargo, la decisión final de ingerirlos recae sobre el consumidor. Dado que estos productos están concebidos para ser degustados con mesura, los expertos aconsejan consumirlos muy ocasionalmente (es decir, tres veces al mes, como máximo).

Hay varios secretos para no sucumbir a las emociones. “El principal, tal vez, es saber diferenciar el hambre de verdad (que aparece de forma gradual, en las horas habituales de las comidas…) del comer emocional, para que  la comida no decida por nosotros”, aconseja Griselda Herrero. El segundo paso “es posponer la decisión de comerse un bollo de chocolate o unas   patatas fritas y preguntarse de qué servirá o cómo va se va a sentir uno después y pensar en una alternativa no comestible, como dar un paseo o telefonear a alguien”, añade. Y, si todo falla, es mejor tener preparado chocolate negro, almendras con cáscara o manzanas para que, al menos, las emociones puedan llevar una dieta saludable.

http://www.magazinedigital.com/historias/reportajes/hambre-emocional