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Las ratas que prefirieron el placer a la comida … y a la vida

Un experimento para probar la activación de las zonas del cerebro relacionadas con el placer dio resultados inesperados. 

Una rata en una caja de Skinner
Una rata en una caja de Skinner

Uno de los inventos más famosos en la historia del estudio de la conducta y el comportamiento es la llamada caja de Skinner. El famoso psicólogo estadounidense que le da nombre introducía en ella ratones y palomas que al presionar una palanca obtenían comida. De esta manera estudiaba sus procesos de aprendizaje.

Tanto Skinner como sus seguidores fueron complicando los experimentos llegando a interesantes conclusiones sobre la forma en que los animales desaprendían y las falsas asociaciones que establecían.

Hace 65 años, los investigadores de la Universidad de McGill de Montreal (Canadá) Peter Milner y James Olds se basaron en esta idea para diseñar un experimento neurocientífico parecido pero mucho más interesante. Implantaron electrodos en el cerebro de una rata y la introdujeron en una caja. Habían nombrado las esquinas con las letras A, B, C y D y cada vez que el animal pasaba por la esquina A le aplicaban una pequeña descarga eléctrica por medio de unos cables unidos a los electrodos.

En teoría los científicos estaban interesados en estudiar el papel del encéfalo y habían tratado de ubicar los electrodos en una zona que, según pensaban, podría estar relacionada con el sueño y la vigilia. Sin embargo, habían cometido un error de precisión y en realidad lo que estaban haciendo era estimular una región denominada septum pellucidum, cuyas funciones son muy diversas.

Nada más comenzar el experimento, la rata aprendió rápidamente lo que ocurría y comenzó a acudir repetidamente al rincón A hasta que se quedó dormida. Al día siguiente seguía teniendo predilección por esa esquina, pero Milner y Olds optaron por cambiar y empezaron a aplicar las descargas sólo si el roedor se iba a la esquina B. El animal apenas tardó unos minutos en entender el nuevo mecanismo y en mostrar su preferencia por ese nuevo rincón.

Los investigadores no sabían muy bien qué era lo que habían encontrado: pensaban que podría tratarse de alguna zona cerebral relacionada con la curiosidad. Y decidieron darles el poder a las ratas. Al igual que en el experimento de Skinner, colocaron una palanca dentro de la caja, de manera que el roedor allí encerrado podría accionarla a su gusto para obtener el estímulo eléctrico en su cerebro.

Dos descargas por segundo

Ahí fue cuando la cosa se desmadró. Las ratas llegaron a pulsar hasta 7.000 veces por hora, casi dos veces por segundo. “Lo que estimulaban no era un ‘centro de la curiosidad’, sino un centro de la recompensa, un circuito del placer cuya activación era mucho más potente que cualquier estímulo natural“, explica David Linden en el libro La brújula del placer.

El resultado fue que las ratas no comían aunque tuvieran hambre y no bebían aunque tuvieran sed. Las hembras abandonaban a sus crías para dedicarse a pulsar la palanca. Los machos pasaban de las hembras en celo y eran capaces de cruzar una valla electrificada que les aplicaba otro tipo de descargas, en este caso dolorosas, con tal de llegar hasta aquella fuente de gozo. Todas morían de inanición si permanecían demasiado tiempo en la caja, porque aquella actividad les impedía realizar cualquier otra tarea básica.

Hoy sabemos que el circuito del placer se activa por motivos como el sexo, la comida, las drogas, la música, el deporte e incluso la ayuda a los demás o recibir su aprobación.

Sin embargo, la idea de que la conducta podía estar tan determinada por el placer no era fácil de aceptar en la década de los 50 y tampoco que los mecanismos que podían explicarlo se localizaran en zonas específicas del cerebro. Así que los investigadores canadienses y sus ratas abrieron nuevos caminos a la ciencia aunque fuera por error.

Las ratas que prefirieron el placer a la comida … y a la vida (elespanol.com)

La represión freudiana no tiene nada que ver con la continencia cristiana

Sigmund Freud, Víctor Frankl i Joan Baptista Torelló

 Juan Bautista Torelló, un gran conocedor de su obra, vivió en Petersplatz, a pocos minutos de donde Freud puso su diván, en la Berggasse. Torelló sintetiza lo efímero y lo permanente del psiquiatra vienés.

VIENA. Juan Bautista Torelló (Barcelona, 1920), sacerdote, médico psiquiatra y teólogo, es autor de obras transformadoras, como Psicología abierta (Rialp). Se instaló en Viena hace décadas. Este catalán rompe moldes: es eximio en psiquiatría, en filosofía y en teología. Los vieneses interesados por las humanidades lo saben bien.

-Imagínese que me encontrara deprimido. ¿Qué me aconseja: que tome antidepresivos como el Prozac, que acuda a un psicoanalista o que vaya a hablar con un sacerdote?

-Si se tiene una depresión, es importante hablar, y hablar con alguien que sea de tu confianza, sea cura o laico, psiquiatra o simplemente un amigo. La cerrazón lo complica todo. ¿Psicoanalista? ¿Confesor? Lo importante es que entienda de estos asuntos. Porque hay muchos santos curas que no tienen ni idea de estas materias, porque por su formación y por su historia, pues no se han metido en estos líos. En cambio, son preferibles otras personas quizá menos profundas en la fe, pero más enteradas. «Buenos consejos» hay demasiados en el mundo. Lo que necesitamos es saber de algo y hablar de lo que sabemos.

-Los enemigos de Freud consideran que sus métodos son poco efectivos, porque sostienen que es mejor, por ejemplo, tomarse una pastilla… -Bueno, esto es una macana, porque son asuntos diferentes. Una cosa es la terapia de tipo medicamentoso y otra la terapia de tipo psicológico.

-Pero la terapia medicamentosa, como dice, ¿puede suprimir completamente a la terapia de la palabra?

-No lo creo, aunque, naturalmente, puede aliviar muchos síntomas.

-A 150 años del nacimiento de Freud, ¿qué piensa que es lo valioso de su obra?

-Freud es una persona importante en la historia de la psicoterapia por ser uno de los pioneros de la terapéutica por medio del diálogo. Lo malo: tenía un poso ideológico muy negativo, materialista. Incluso de los instintos, de los cuales habló tanto, esperaba que un día se encontrara la composición química.

-Freud pasa por ser uno de los pensadores más influyentes del siglo XX. ¿A qué cree que se debe su enconada aversión a lo religioso?

-Era un ateo, digámoslo claro y rápido. Era de origen judío, pero no creía en la religión de sus padres. Incluso se burlaba de Moisés. Sus críticas de la religión están todas llenas de prejuicios. No se puede esperar nada de él respecto de la psicología de la vida religiosa porque no creía en nada.

-¿Piensa usted que hay que creer para que una crítica de la religión tenga valor?

-Por lo menos hay que ser como los fenomenólogos: personas que ven la realidad de la vida religiosa en la historia del mundo, de la sociedad y de las personas, y se la toman en serio. No caen enseguida en el reduccionismo, que es siempre la trampa más grande que tienen los psicólogos.

-¿Puede haber algo de verdad en que la religión sea una «Zwangsneurose», término que no sé cómo traducir realmente bien?

-Se traduce como «neurosis coacta». Esto fue lo que Freud dijo alguna vez. No siempre, porque también él osciló mucho en sus formulaciones. Zwangsneurose, neurosis coacta. Es decir, que te ha venido de fuera, por educación, etc., pero además agrega patología, la neurosis, al fenómeno religioso. Es un término lleno de prejuicios.

-De joven, Freud autoexperimentó con cocaína. ¿Era el suyo un temperamento aventurero?

-No. Pienso que tenía una tendencia a la toxicomanía. Al principio fueron experimentos consigo mismo, pero al final terminó tomando morfina, cuando tuvo su cáncer, para atenuar dolores. O sea, se trata de una tendencia suya a probar tóxicos, en primer lugar para ver qué efectos producían. Eso lo han hecho muchos médicos.

-Del inconsciente («das Unbewusste») escribió mucho Freud y dijo que el 90 por ciento de nuestras decisiones son inconscientes…

-Eso es exagerado. Que tenemos una cierta inconsciencia, está claro, porque llevamos todos en nosotros mismos una cierta carga cultural, que nos influye. Ahora, lo normal, normal en el sentido de no enfermizo, es que cuando uno madura como persona, se sabe calibrar ese fardo, sin estar entregado al lastre infantil. Repito: todos llevamos en nuestra vida una carga: en parte hereditaria, de dentro, y en parte por nuestra educación, cultura, etc., que nos influye. Pero el hombre que se desarrolla normalmente se critica a sí mismo y toma de ello lo que quiere. Así madura como persona.

-¿Son tan importantes los sueños?

-Lo de los sueños no es sólo freudiano, pero de todos modos tiene interés, por lo menos. Aunque también se les ha dado demasiada pompa. Todos tenemos experiencia de sueños un poco dramáticos, con mayores o menores consecuencias. Aun así: la personalidad que va madurando poco a poco sabe también hacer de este material lo que quiere. De manera que no se está totalmente entregado a la actividad del sueño.

-¿Es de verdad la infancia tan absolutamente definitiva para forjar el carácter del ser humano, como parece deducirse de la lectura de Freud? ¿Tienen los traumas infantiles un alcance tan formidable?

-Tampoco esto es verdad. Ciertamente, los traumas infantiles tienen importancia. Por ejemplo, el problema de la pérdida del padre es muy actual. Porque hay mucha gente que pierde al padre, por la frecuencia de los divorcios, por la frecuencia también de los padres que trabajan en otro país, y al que ven de vez en cuando. Un niño que se desarrolla sin padre es un niño que tiene un vacío notable y por lo tanto es lógico que eso tenga importancia. Ahora, la interpretación freudiana es una interpretación, como siempre, de tipo más sexual, y esto le enturbió mucho su capacidad de conocimiento de las personas, porque tenía eso en la cabeza, la reducción a la sexualidad. Esto lo ha visto muy bien Viktor Frankl [eminente psiquiatra, el fundador de la logoterapia]. Frankl, en vez de hacer una Tiefenpsychologie, una Psicología de las profundidades, dice que lo que hay que hacer es una Psicología de las alturas, porque el hombre tiene un espíritu y, desde arriba, desde el espíritu es como entendemos toda la vida de la persona humana y su historia. Y si no se sabe subir, vicias tu opción.

-¿Pudo haber surgido Freud en otra ciudad que no fuera Viena? El antisemitismo de por entonces, ¿era también necesario para que Freud destacara?

-No, no, no creo que eso se pueda decir, lo del antisemitismo. Y aunque vivió y se instaló en Viena, no nació aquí. Yo creo que el problema del semitismo o del antisemitismo no ha formado un papel decisivo en su ideología.

-¿Por qué rompió Freud con amigos tan importantes como C. G. Jung? ¿Era un tirano? ¿Un engreído? ¿Era un hombre incapacitado para la amistad?

-Digamos que tenía mal carácter. Era muy absolutista. O aceptabas lo que él decía, o te ibas. Así perdió a sus mejores colaboradores, como Jung. Alfred Adler, igual. Si no aceptaban su teoría, que era más bien una fe que una teoría, entonces se tenían que ir. Y esto es triste. Porque quiere decir que este hombre no era muy objetivo, es decir, estaba muy agarrado a sí mismo.

-Freud murió a los 83 años, tras pedir una sobredosis de morfina. ¿Era partidario de la eutanasia?

-No. No lo creo. Como ya tenía esa tendencia toxicómana, cuando padeció cáncer de laringe, pidió la morfina. Pero no creo que eso fuera una eutanasia verdadera.

-¿Qué destacaría de Frankl, a quien conoció muy bien por la larga y profunda amistad que tuvieron?

-Frankl era un hombre que impactaba y el impacto era bueno, porque era más bien espiritual. No era un reduccionista, ni mucho menos tenía obsesión sexual, como Freud, ni tampoco la cosa de Adler, del complejo de inferioridad y la tendencia al poder. Frankl es mucho más amplio en su concepción del hombre. Para Freud, la vida no tiene sentido. Para Frankl sí, y esa cuestión es esencial. En el fondo, un católico puede aceptar la psicología de Frankl fácilmente. Frank estuvo en cuatro campos de concentración. Sobrevivió por sus servicios a la cantidad de gente que en esos campos enfermaban de mente y querían suicidarse. Ayudándoles, se ayudó a sí mismo a sobrevivir.

-El yo, el ello y el superyó: ¿qué queda de este modelo de Freud hoy día?

-Es un esquema mental que él construyó, pero en el fondo era una ficción. Él mismo la llamó así al principio: ficción. Después se hizo un lío, porque el superyó, en realidad, se reducía al yo. De manera que incluso con la teoría, que al principio parecía muy clara, se hizo una gran confusión.

-¿Es lo inconsciente lo que no sabemos articular con palabras?

-No. El inconsciente, según las teorías freudianas, son cosas vividas pero que uno ha reprimido, por ser desagradables, o por algún otro motivo curioso. Pero es un poco mítico esto. Porque, en el fondo, se podría decir que es lo olvidado, o lo reprimido. Lo del inconsciente, eso es ya una elaboración. De todos modos ha pasado así a la historia, y continúa hoy día hablándose del inconsciente como si fuese un subterráneo donde se esconden las cosas más o menos desagradables.

-Muchos tienen la impresión de que Freud era partidario casi de la orgía sexual. Sin embargo, fue fiel a su mujer toda su vida, tuvo seis hijos…

-Freud no era partidario de la revolución sexual como algunos discípulos suyos, entre ellos Wilhelm Reich, que quería la «libertad sexual» e iba contra el matrimonio. Pero Freud no fue nunca así, tampoco teóricamente. Freud dio importancia a la sexualidad en la maduración y en la elaboración de la persona, pero no era ni un libertario ni un libertino, ni mucho menos. Puso de relieve el término «represión sexual», pero entendida la represión como contenerse no por principios, no por ideas. Es decir, la represión freudiana no tiene nada que ver con la continencia cristiana. En la continencia cristiana hay una escala de valores y respecto de la vida sexual, en esa escala de valores está arriba el matrimonio; las demás cosas son más o menos insuficiencias o desviaciones.

https://www.abc.es/sociedad/abci-represion-freudiana-no-tiene-nada-continencia-cristiana-200605080300-1421453954526_noticia.html

Veure el seu gos relaxa, perquè ell viu sempre en “l’aquí I ara”

Joaquín Fuster, neurocientífico, pionero en la investigación del córtex prefrontal

Envejecer no es deseable, pero la alternativa es peor y yo mantengo mi cerebro sano investigándolo en sus redes: la relación es la reina de la cognición. Con los años perdemos memoria de los detalles, pero ganamos en perspectiva. Nací en Barcelona y soy neurólogo en UCLA. Publico ‘El telar mágico de la mente’

Qué tiene nuestro cerebro que no tengan otros primates?

Los humanos podemos anticipar el futuro y ningún otro animal puede. Nuestro cerebro ha evolucionado, sobre todo, para convertirse en una máquina de lanzar hipótesis y actuar en consecuencia.

¿Cómo anticipamos lo que va a pasar?

Utilizamos la experiencia del pasado y los conocimientos que vamos almacenando en la memoria y los proyectamos en el futuro.

En bolsa dicen que rendimientos pasados no garantizan ganancias futuras.

Por eso, nuestro cerebro anticipa solo lo que sabe y suele equivocarse mucho.

¿Evolucionamos hacia la imperfección?

Evolucionamos como podemos y eso incluye muchas imperfecciones.

¿Aún así dominamos el planeta?

Depende de lo que entendamos por dominar. En cualquier caso, ese dominio nos garantiza el poder de autodestruirnos como especie, pero no el bienestar como individuos.

¿Por qué?

Son fines diferentes. ¿Tiene usted perro?

No, pero me gusta verlos jugar.

Le relaja observar a los animales, porque el cerebro animal carece de categorías de tiempo. Ver a su perro es agradable, porque él vive siempre en el “aquí y ahora”, usted no.

¿Nosotros en cambio siempre estamos sufriendo por lo que hicimos y haremos?

Es el núcleo de mi investigación, porque lo procesamos en la corteza del lóbulo frontal de nuestro cerebro, la sede del futuro.

¿El lenguaje animal empieza a ser humano cuando adquiere categorías de tiempo?

Y le es posible introducirlas a medida que ese lóbulo frontal en nuestro cerebro va evolucionando y adquiriendo más control y recursos para ser el compositor y director de la partitura de nuestra conducta.

¿Por eso los cráneos de los humanoides iban ganando cada vez más frente?

Y yo le llamo a ese córtex evolucionado que investigo “el horno de la libertad”.

¿Libertad dentro de unos límites?

Nuestro cerebro tiene libre albedrío por definición fisiológica: es capaz de analizar la realidad y proceder en consecuencia con un mecanismo cibernético que incluye al cerebro y el entorno, que interactúan.

¿Cómo?

Nuestra memoria, el conocimiento del pasado, se proyecta en el futuro para decidir nuestra conducta y esa acción produce efecto en el entorno, que, a su vez, genera percepciones que modulan la siguiente acción.

¿Y a veces acierta y persiste y otras yerra y corrige?

Ahora está tocando usted un punto que es puro futuro: la inteligencia artificial.

¿La inteligencia artificial piensa?

La inteligencia artificial no acierta ni se equivoca, solo sigue las instrucciones de un algoritmo programado por un humano.

¿Y puede programarse para aprender?

¡Ahí iba yo! Esa es la cuestión clave.

Ya gana al ajedrez a su programador.

Porque ejecuta mejor las órdenes, las reglas del juego, que quien las ha programado.

¿Se autoprogramará algún día?

Nunca, porque ningún robot tiene corteza cerebral prefrontal en evolución como nosotros y, por tanto, no puede predecir. Es decir, saltarse su algoritmo, su programa.

En suma, la inteligencia artificial no sabe equivocarse.

No se equivoca, ni corrige, ni cambia. Puede derrotar al campeón del mundo de ajedrez, ya lo ha hecho, pero no puede inventar un juego nuevo como hace cada día un niño de ocho años en el patio del colegio.

Tampoco nosotros sabemos curar aún las enfermedades neurodegenerativas.

Yo me equivoqué hace unos años cuando le dije que en cinco curaríamos el alzheimer y ahora ya no me atrevo a pronosticar nada.

No es su fracaso, es el de todos.

La clave está en aprender más sobre la genética y la biología molecular de esas dolencias en las células y en las conexiones nerviosas. Justamente la corteza prefrontal es una de las primeras en padecer con la demencia y no es casualidad que haya sido la última en desarrollarse en nuestra evolución.

¿Y la empleamos del todo ya mayores?

Hasta los 30 años no aprovechamos todo el potencial del cerebro.

¿Y en cambio lo perdemos pronto?

Empieza a declinar también temprano: a partir de los 60-70, aunque hay enormes variaciones individuales.

¿Dónde ve esperanza de curación?

Yo creo que la clave está en estudiar las relaciones neuronales en su red, incluso más que sus componentes fisiológicos.

¿El cerebro no es un conjunto de áreas como la de Broca del lenguaje y las demás?

Lo esencial son las relaciones entre neuronas y entre las diversas redes en espacio y tiempo y cómo se transforman en capacidades. La relación es la reina de la cognición.

¿Cómo?

Para entender un mapa no estudie su tinta sino su uso. Con el cerebro es igual, la cognición son redes con memoria.

https://www.lavanguardia.com/lacontra/20201217/6128041/ver-perro-le-relaja-vive-siempre.html

Madurez psicológica: El arte de vivir en paz con lo que no podemos cambiar.

tempesta i pau

La madurez psicológica se puede definir de muchas formas, pero el escritor escocés M. J. Croan resumió a la perfección este concepto: “La madurez es cuando tu mundo se abre y te das cuenta de que no eres el centro de él”.

Madurar significa salir de nuestra visión egocéntrica para comprender que existe un mundo más amplio y complejo, un mundo que a menudo nos pondrá a prueba y que no siempre satisfará nuestras expectativas, ilusiones y necesidades. Y sin embargo, cuando maduramos somos capaces de vivir en paz en ese mundo, aceptando todo aquello que no nos gusta pero que no podemos cambiar.

Negar la realidad: Un mecanismo de afrontamiento inmaduro e inadaptativo 

La negación es un mecanismo de afrontamiento que implica negar fervientemente la realidad, a pesar de los hechos. Generalmente este mecanismo se pone en marcha por dos motivos: 1. Porque nos aferramos a unas ideas rígidas que no queremos cambiar o, 2. Porque no contamos con los mecanismos psicológicos necesarios para afrontar la situación.

En ambos casos, negar la realidad nos permite reducir la ansiedad ante una situación que nuestro cerebro emocional ya ha catalogado como particularmente inquietante o incluso amenazante. El problema es que la realidad siempre gana.

Si un acosador nos aborda en medio de la calle, no cerramos los ojos repitiéndonos mentalmente: “¡Esto no está ocurriendo!”. Comprendemos que estamos en peligro y escapamos o pedimos ayuda. Sin embargo, no reaccionamos de la misma manera con el resto de las situaciones de nuestra vida. Cuando algo no nos gusta, nos decepciona o entristece, ponemos en marcha el mecanismo de negación.

Negar vehementemente los hechos no hará que cambien. Al contrario, nos conducirá a tomar decisiones poco adaptativas que pueden terminar causándonos más daño. La persona madura, al contrario, acepta la realidad, no con resignación sino con inteligencia. De hecho, el psiquiatra alemán Fritz Kunkel dijo que “ser maduro significa encarar, no evadir, cada nueva crisis que viene”.

El arte de encontrar el equilibrio en la adversidad 

“Érase una vez un hombre a quien le alteraba tanto ver su propia sombra y le disgustaban tanto sus propias pisadas que decidió librarse de ellas.

“Se le ocurrió un método: huir. Así que se levantó y echó a correr, pero cada vez que ponía un pie en el suelo había otra pisada, mientras que su sombra le alcanzaba sin la menor dificultad.

“Atribuyó el fracaso al hecho de no correr suficientemente deprisa. Corrió más y más rápido, sin parar, hasta caer muerto. 

“No comprendió que le habría bastado con ponerse en un lugar sombreado para que su sombra se desvaneciera y que si se sentaba y se quedaba inmóvil, no habría más pisadas”. 

Esta parábola de Zhuangzi nos recuerda una frase de Ralph Waldo Emerson: “La madurez es la edad en que uno ya no se deja engañar por sí mismo”. El escritor se refería a ese momento en el cual somos plenamente conscientes de los mecanismos psicológicos que ponemos en marcha para lidiar con la realidad y proteger nuestro “yo”, a ese momento en el que nos percatamos que la realidad puede ser difícil pero que nuestra actitud y perspectiva son dos variables esenciales en esa ecuación.

Por eso, la madurez psicológica pasa inevitablemente por el autoconocimiento, implica conocer las zancadillas mentales que nos ponemos para no avanzar, los mecanismos que usamos para evadirnos de la realidad y las creencias erróneas que nos mantienen atados.

Ese conocimiento es básico para lidiar con los problemas y obstáculos que nos pone la vida. Por desgracia, hay personas que, como el hombre de la historia, nunca llegan a alcanzar ese nivel de autoconocimiento y terminan creando más confusión y problemas, alimentando la infelicidad y el caos interior.

Alcanzar la madurez psicológica no implica aceptar pasivamente la realidad asumiendo una postura resignada sino ser capaces de mirar con otros ojos lo que sucede, aprovechando ese golpe para consolidar nuestra resiliencia, conocernos mejor e incluso crecer.

William Arthur Ward dijo: “Cometer errores es humano y tropezar es común; la verdadera madurez es ser capaz de reírse de sí mismo”. Ser capaz de reírnos de nuestros antiguos temores porque ahora nos parecen grotescos, de nuestras preocupaciones magnificadas y de esos obstáculos “insalvables” que en realidad no eran, es una enorme muestra de crecimiento. Reirnos de nuestras viejas actitudes y creencias no solo significa que forman parte del pasado, sino que han dejado de tener cualquier influjo emocional sobre nosotros.

La verdadera madurez psicológica llega cuando practicamos la aceptación radical, cuando miramos a los ojos la realidad y, en vez de venirnos abajo, nos preguntamos: “¿Cuál es el próximo paso?”. Eso significa que, aunque la realidad puede ser dolorosa, no nos quedamos atrapados en el papel de víctimas sufriendo inútilmente sino que protegemos nuestro equilibrio emocional adoptando una actitud proactiva.

Fuente: www.rinconpsicologia.com

Pocas veces la inteligencia estuvo tan alejada de la política

Tengo bastantes décadas para seguir en el viaje de ida. Barcelona es una de las ciudades que elegí para vivir. Mi nacionalidad soñada es Europa y su cultura mi identidad. Soy de izquierdas pero no sé a quién votaré. Publico ‘Las pasiones según Rafael Argullol (conversaciones con Fèlix Riera)’

Rafael Argullol, filósofo

Adónde vamos los humanos?

La historia comienza cuando el humano sale del agua, va a cuatro patas, luego a dos. Ve una cosa que llama horizonte, y empieza a preguntarse si hay algo más allá.

¿Es esa rebeldía la que le hace humano?

Y así descubre que más allá del horizonte está la muerte e inventa de inmediato la inmortalidad y con ella empieza la gran historia.

¿Qué le ha sorprendido de lo sucedido desde que nos daba clases de filosofía?

Cuando empecé a escribir, todavía teníamos el rescoldo de la utopía europea muy presente. Aún creíamos con ilusión que con unas ideas podríamos cambiar el mundo. Décadas después, la utopía ha dejado de ser la protagonista de las ideas.

¿El eje de la política ya no es el ideal de progreso?

En el mundo de la política hay muy pocas ideas. Los políticos dicen tenerlas, pero yo me refiero a ideas que generen entusiasmo.

¿Por qué ya no creemos en utopías?

Porque el momento utópico duraba desde el renacimiento, pero al llegar hasta nuestra generación ya le quedaba poco.

¿Por qué?

Porque la utopía ha sido sustituida por la razón pragmática y el utilitarismo rabioso. Y los proyectos espirituales que quedan son fragmentados, subjetivos, individualizados. Ya no son grandes ni compartidos, como lo fueron el cristianismo o el socialismo, y se duda hasta del mismo ideal de progreso.

¿Qué lo sustituye hoy?

La idea de una humanidad mejor está siendo sustituida por la de una roboticidad mejor.

¿Los robots ya son nuestro proletariado sin sueldo?

Sí, pero así surge el dilema que plantea Blade runner : si las máquinas son como nosotros, también tendrán nuestras pasiones, amores y odios. Y así se iniciará de nuevo el ciclo de Prometeo. Los dioses volverán a aniquilar a los hombres por haber querido ser demasiado dioses con sus robots y máquinas.

¿Y los hombres tendrán que aniquilar a las máquinas por ser demasiado humanas?

Es que junto al tiempo lineal transcurre otro cíclico en el que juegan hombres y dioses.

Y hoy, además, la inteligencia artificial.

Y con ella jugamos a ser dioses siguiendo el canto a la progresión. Pero esa tensión entre hombres y dioses, que se encarna en los mitos clásicos, está convirtiéndose ahora en la tensión entre hombres y máquinas.

¿Qué máquina es la mayor amenaza?

El móvil.

¿Por eso las nuevas religiones datistas lo exaltan como pasaporte a la eternidad?

Son creencias de última hora, pero lo grave es que la desaparición de las utopías a los creadores, a mí como escritor, nos condena al bloqueo creativo.

¿Por qué?

Porque crear es proponer algo diferente a lo existente. Si no contrastáramos lo que es con lo que podría ser, no pensaríamos y el arte se convertiría en algo plano y repetitivo.

¿El ecologismo está en auge y, sin embargo, usted no lo considera una utopía?

Veamos: para el mundo antiguo, la tensión entre dioses y hombres estaba en el centro del mundo.

¿Y en el medievo fue Dios?

Hasta que el renacimiento pone al hombre y su progreso en ese centro y desde entonces hasta hoy se iban sucediendo las utopías de progreso humano.

¿Y ahora hemos puesto al planeta?

Ahora se tiene que trabajar la paradoja de la centralidad del hombre sin que el hombre sea ya el centro de todo progreso, porque ahora también ponemos al planeta.

¿Podemos retroceder en el crecimiento sin regresar a la pobreza de antaño?

Con un contrapunto: igual que hubo un primer humano que supo que iba a morir,nosotros somos la primera generación que sabe que los humanos podemos autodestruirnos.

Pero también somos la que más años viviremos de media.

Hemos prolongado la vida, pero también para poder prolongarla creciendo nos hemos puesto una espada de Damocles sobre la supervivencia de la humanidad y el planeta.

¿La guerra fría capitalismo-comunismo, hoy es entre verdes y desarrollistas?

Y de una u otra forma vamos a ver cómo se recupera la utopía, porque es necesaria. Y el inagotable prestigio del amor es porque es la utopía más accesible a todos.

Tanto como la muerte.

Y en la pobreza política del momento hay una brecha entre la ecología, que es una utopía global, y las tradiciones políticas nacionales y nacionalistas. Pocas veces la inteligencia había estado tan alejada de la política.

Le llamarán elitista por decirlo.

Elitista era el insulto favorito de Gil y Gil.

¿Por qué se banaliza el debate político?

Porque, aunque progrese la Europa económica, nos falta la ilusión europeísta que nos daría una gran cultura europea. Solo desde ella podemos forjar una identidad europea que trascienda las locales.

https://www.lavanguardia.com/lacontra/20201214/6121451/pocas-veces-inteligencia-estuvo-alejada-politica.html

El capitalismo ha creado grandes bolsas de miseria sentimental

La socióloga franco-israelí publica su ensayo ‘El fin del amor’

Eva Illouz en una visita a Barcelona l’any 2016

va Illouz (Fez, 1961) es, para algunos, la mayor teórica del amor contemporáneo. Esta socióloga franco-israelí ha publicado obras como ‘El consumo de la utopía romántica (1997), ‘Intimidades congeladas’ (2007), ‘La salvación del alma moderna’ (2008) o ‘Por qué duele el amor’ (2012). Atiende por videoconferencia a este diario desde París para hablar de su último ensayo, ‘El fin del amor’ (Katz). Su método tiene la virtud de atraer tanto a lectores académicos como profanos, alternando referencias intelectuales (Hegel, Freud, Marx, Durkheim…) con entrevistas de campo (92 personas han sido interrogadas sobre su vida sentimental para este último libro), referentes de la cultura popular -como la serie ‘Sexo en Nueva York’- o incluso chats de Tinder.

-¿Por qué un libro más sobre el amor?

-Para mi supone el final de un ciclo. Es más sobre el desamor que el amor. Me interesa la manera en que nuestras experiencias emocionales son conducidas por las instituciones, la manera en que somos moldeados, cómo actúan en nuestro interior unas fuerzas sociales que no vemos ni comprendemos. Del mismo modo que, en su día, intenté comprender el tránsito del amor burgués del siglo XIX al amor de la sociedad de consumo, veo ahora que todas esas construcciones burguesas y capitalistas se están hundiendo. Es un libro sobre la contradicción entre el ideal que tenemos del amor, que viene de esas estructuras del pasado, y las potentes fuerzas institucionales que trabajan en otra dirección y que hacen que no pueda funcionar bien.

-Cuando tenemos problemas amorosos, buscamos a los psicólogos. Usted propone la aproximación sociológica, muy distinta. El desamor es visto como fruto del sistema en que vivimos, no como una ineptitud de las personas.

-Exactamente. Una parte importante de mi trabajo es escribir contra la psicología, que es la competidora epistemológica de la sociología. Escribo contra la psicología clínica, que tiene cosas que se pueden utilizar individualmente, que son útiles, pero eso no significa que no haya grandes causas colectivas, problemas sociales, también en este campo. La incertidumbre se ha convertido en un problema sociológico, porque hoy la certidumbre es una anomalía en una relación sentimental. En general, cuando entramos en cualquier otro tipo de relación social, laboral, sabemos a qué atenernos, cuáles son las reglas: lo que significa ser un padre, un vendedor de helados, una prostituta callejera… Son roles que interpretamos. Pero, hoy, entrar en una relación amorosa es introducirnos en un territorio totalmente incierto. No sabemos cuál es la buena conducta a seguir, y esta tremenda incertidumbre no tiene precedentes en la historia. La sociología nos ayuda a gestionar esto. Ojo, no estoy diciendo que los individuos no sean diferentes, sino que hay individuos con muchos más problemas que otros. Los individuos se mueven en instituciones y entornos que no dominan, cosas que no funcionan, y que son constantemente eludidos en la comprensión de los psicólogos en sus terapias.

-Usted habla de desregulación amorosa…

-Utilizo voluntariamente conceptos económicos porque ha habido transformaciones en las relaciones amorosas que tienen un carácter económico. Muy importante resulta, por ejemplo, que, hoy, los encuentros amorosos son un mercado, han adoptado esa forma: hay dos entidades que se encuentran en una arena libre y van a intercambiar algo entre ellos, sin mediaciones ni regulaciones. Antes nadie se casaba fuera de los preceptos de una religión, de los estereotipos, de su clase social… Había un montón de mecanismos sociales que regulaban las parejas. La desregulación es lo mismo que en el terreno de las mercancías: la libre circulación de cuerpos y de psiques. Eso va a hacer que la gente se aparee en función de mecanismos de acumulación de valor, de capital, que maximicen sus posibilidades en el mercado matrimonial. La regulación implica muchas prohibiciones y tabúes, y en el mercado no los hay, solo dos personas que intercambian utilidades. Ese es el amor del neoliberalismo. La paradoja es que las ideas de Thatcher y Reagan, tan defensores de la familia tradicional, conducen a su destrucción, a la ley del más fuerte.

Hattie Retroage, la abuela de 85 años que triunfa en Tinder e Instagram. Terceros

-De hecho, usted muestra cómo, en el amor, coinciden los libertarios y los neoliberales…

-Uno de los desafíos del libro es proponer una sociología de la libertad. Pensamos comúnmente en la libertad en términos morales y políticos, pero yo lo que quiero es ver sus efectos profundos en las prácticas sociales, porque es absolutamente claro que la libertad cambia de contenido, según las épocas. Por ejemplo, en los años 70 y 80 el escritor Gabriel Matzneff podía tener comportamientos pedófilos, acostarse con niños, impunemente, se consideraba parte de su libertad sexual. Hoy eso ya no es posible. Hay, pues, ajustes y redefiniciones de la libertad. Me doy cuenta de que los grandes valores que han defendido las feministas y los homosexuales, que jugaron un papel importantísimo en todo el siglo XX y en el advenimiento de la democracia, cambian de cariz al ser cooptados por lo que yo llamo el capitalismo escópico, las industrias que utilizan la mirada, el ojo del espectador, para extraer valor de otra persona, a partir de la belleza evaluable del cuerpo de una mujer. La idea de libertad de ese capitalismo escópico cambiará profundamente la definición de la masculinidad y la feminidad, así como de la sexualidad. Se trata de algo muy político: privilegiar a la vez la libertad y la desigualdad. Dado que no existe una igualdad de partida, la libertad sexual se utiliza contra las mujeres.

-Desmenuza las consecuencias de la falta de ética en el terreno sexual. Pero ¿quién podría dictarla?

No creo que haya que crear una organización internacional que dicte una ética sexual, han de ser los hombres y las mujeres los que la creen conjuntamente. Esa es una gran cuestión de la que ocuparnos en los años que vienen. El feminismo es una gigantesca reacción al gran malestar que existe en las relaciones sexuales y emocionales. Tenemos una gramática compartida entre hombres y mujeres para tratar las desigualdades en el campo laboral. Pero no hemos formulado la gramática de la sexualidad y las relaciones íntimas para que no sean un campo donde reinen la humillación, la herida, el sufrimiento, los sentimientos de invisibilidad social. No es siempre el caso, de acuerdo, pero sí a menudo. La libertad implica el derecho a hacer lo que queramos sexualmente pero aquello que queremos da lugar a mucha violencia, en lo físico, simbólico y emocional. Hace falta comenzar esta discusión ética. Hasta ahora, hemos percibido este tipo de cuestiones como un intento de reglamentar lo íntimo, pero se trataría simplemente de meterlo en los carriles de la ética. Que la relación ética con los otros no se detenga o se extinga al llegar a la sexualidad y al deseo.

-¿Libertad, igualdad, fraternidad?

-Las tres cosas son una demanda clara, también en lo íntimo.

La futbolista Paula Dapena (con el dorsal 6) da la espalda a sus compañeras en el minuto de silencio que se guardó por Maradona, a quien considera “violador, pedófilo, putero y maltratador”  Amador Lorenzo / EFE

-Usted habla de la ‘deselección’, el abandono de las relaciones, como la característica más importante de hoy.

-Parto de la constatación de que la idea de ‘elección’ ha sido absolutamente central en la modernidad. El feminismo puede ser definido como un combate para que las mujeres elijan, ya sea en casa o fuera de ella (con el voto). La misma sociedad de consumo se presenta como una cultura del derecho a tener muchas posibilidades de elección… El individuo moderno se define a través de su toma constante de decisiones: en su profesión, en la sexualidad, en sus amistades, sus compras… Pero hoy vivimos una nueva etapa en la historia cultural de la elección porque el individuo se define según sus ‘deselecciones’, su ruptura de compromisos y decisiones anteriores. Eso es algo muy nuevo, un modo de sociabilidad negativa, donde el individuo es quien es por aquello que rechaza, por la experiencia repetida de rechazar o no escoger algo. Bien porque prescinde de algo o alguien o porque lo toma pero luego ya no. El verdadero yo surge de rechazar a alguien: entrevisté a una mujer casada durante 25 años, relativamente contenta con su matrimonio, que estaba bien, pero se decía que, al haberse casado joven, no había conocido nada de la vida, quería probar la vida de soltera y dejó a su marido. Es al menos una acción inteligible, se comprenden las causas. Rechazar es constitutivo de la identidad.

-Habla de poliamor, del más común ‘casual sex’ pero también destaca la gran fuerza que mantiene el ideal del amor romántico.

-Esa es una idea clave del libro, la contradicción entre la ideología que sigue siendo poderosísima en nuestra sociedad y el hecho de que nuestras instituciones trabajan en otra dirección…

-Otra paradoja: la apariencia física es más importante que nunca.

Nunca ha sido tan importante. Irónicamente, al tiempo que el feminismo ha hecho progresos, el rol de la sexualidad ha sido cada vez más importante en la autodefinición de las mujeres. Hay un enorme debate en el feminismo, el de analizar si la autodefinición a partir del cuerpo y la sexualidad representa una emancipación o una regresión. Tras investigarlo mucho tiempo, finalmente creo que el cuerpo juega un papel fundamental para sojuzgar a las personas. En el patriarcado tradicional, las mujeres tienen dos roles: el reproductor, son matrices o vaginas que van a dar niños; o bien son prostitutas, para dar placer sexual a los hombres. No sorprende que, en este sistema, el rol de la mujer esté hipersexualizado, y marcado como diferente. Este cuerpo sexualizado se ha integrado en las formas actuales de dominio capitalista, las que conciernen a la mirada, la que reconoce la belleza, y que da a algunas mujeres una sensación de empoderamiento, pero junto a la mirada también son necesarios los procesos de reconocimiento social, emocional y romántico, y ahí la hipersexualización de las mujeres –que los hombres no sufren- va a impedir que se produzca ese reconocimiento.

-Se ocupa también del ‘ghosting’…

-Es una forma cool de denominar una crueldad. Es un término que agrupa una serie de prerrogativas, una manera de legitimar un comportamiento maltratador. Si imagináramos un comportamiento parecido en el campo profesional ¿qué sería? ¡Un delito! Sería imposible, usted no puede tratar a un cliente así: que él le pregunte algo y usted decide arbitrariamente no contestarle más. Comportarse así sería considerado una afrenta en cualquier campo, pero lo aceptamos en las relaciones íntimas. Y no hay ninguna razón para ello.

Muñecos que reproducen arquetipos y roles sociales  — Terceros

-¿Qué son los ‘incel’?

-Un movimiento de ‘célibes involuntarios’, una subcultura violenta, de extrema derecha, que llama al odio contra las mujeres. La desregulación del mercado sexual crea una gran miseria sexual para mucha gente, enormes bolsas de miseria. El capital sexual es tan importante para los hombres, una fuente de poder, que, cuando no es satisfactorio, dado que está repartido de forma muy desigual, genera enormes resentimientos. Michel Houellebecq fue el primero en hablar de esto en su ‘Ampliación del campo de batalla’ en 1994. Hay un vasto campo de miserables sexuales.

-¿Y el consentimiento?

-Se ha convertido en la piedra angular de las relaciones entre hombres y mujeres basadas en la libertad, el libre albedrío de las partes. Pero a mí me recuerda el contrato del trabajo asalariado, que se presenta como un contrato entre dos partes, el que paga y el que le da su trabajo a cambio. Marx ya se reía de eso en las primeras páginas de ‘El capital’, ¡no es una relación entre iguales! Si no aceptas, te mueres de hambre, el empleador tiene un enorme poder sobre ti. Y hoy, en el terreno sexual, hay que recordar que definimos la identidad de las mujeres según el reconocimiento que la mirada de los hombres le da. Así, le sorprendería descubrir la cantidad de mujeres que dicen que ‘sí’ a propuestas sexuales que no les apetecen. Más allá del ‘sí’ y el ‘no’ hay una gran zona gris donde la mujer no quiere algo pero carece del repertorio adecuado para decir un ‘no’ sin ser insultada, vista como una calientabraguetas o una puritana frígida. Si el hombre te desea es que has hecho algo para que eso suceda y deberías ser consecuente y sentirte halagada. No solo está en juego la voluntad de la mujer. El libro ‘El consentimiento’ de Vanessa Springora es muy bueno porque expone el tema muy claramente: una niña de 14 años ¿qué sabe de la vida? ¿a qué puede consentir cuando un adulto de 50 la aborda? Del mismo modo, una chica de 22 años, que ha bebido en una fiesta, y lleva toda su vida escuchando y asumiendo mensajes sobre la sexualidad que le dicen que follar o responder a esas insinuaciones es cool, le resulta muy difícil oponerse. El debate sobre el consentimiento, reducido a ‘sí’ o ‘no’, elude la complejidad de toda la casuística real.

-¿En qué trabaja?

-En varias cosas. Analizo el populismo a través de las emociones, en el contexto de la sociedad israelí. Tengo otro proyecto antipsicológico: analizo 14 emociones y muestro que, en realidad, son sociales. Acabo otro libro sobre sexo. Y estamos haciendo, con un periodista y un académico, dos libros de entrevistas sobre toda mi obra.

Una ruptura es sempre un cataclisme interior

Claire Marin, doctora en Filosofia, professora i escriptora, reflexiona sobre las ruptures

Tinc 46 anys. Visc a París. Sóc membre de el Centre Internacional de Filosofia Francesa Contemporània. No crec que la filosofia pugui ser realment un consol, però ajuda a ordenar el caos interior quan la vida és dolorosa o estressant. Quan no creus en cap déu, la filosofia és molt útil

La esperanza de encontrarse

Por mucho que intentemos planificarla, la vida dispone de nosotros, las cosas se tuercen, se rompen y nos dejan hechos añicos. Claire Marin ha escrito un libro ­difícil y duro, Rupturas (Alienta), en el que se resiste a dejarse llevar por la visión simplista de los nuevos inicios. Si está en ese momento de ruptura sentimental, laboral, familiar, le ayudará a dimensionar el dolor, entender que el borrón y cuenta nueva no forma parte de la naturaleza de la ruptura y que por más que lo deseemos no es un corte limpio, es un desgarro del tejido de una vida en común, y eso nos cambia. No todos tenemos la misma capacidad para sobreponernos y transformar el pasado, pero verter luz y afrontarlo nos ayuda. “Toda ruptura conlleva la esperanza de encontrarse y el riesgo de perderse”.

Toda ruptura es un desgarro?

La mayoría lo son si te involucraste sinceramente en la relación. Estás perdiendo una parte de ti mismo cuando terminas una historia.

¿Las rupturas son nuestras tanto si las producimos como si las sufrimos?

Sí, muchos de nosotros seremos ambos durante nuestra vida, pero también se puede vivir como una liberación, un movimiento de sinceridad y autenticidad, el momento en que dejas de mentir a los demás o a ti mismo.

¿Cualquier tipo de ruptura?

No importa si es amorosa, familiar, profesional o una ruptura con la vida interior, todo depende de la razón de la ruptura y de la forma en que puede dañar a alguien más.

Romper no es una página en blanco.

A todos nos gustaría ver la ruptura como la ocasión de una nueva vida y convertir lo ocurrido en conocimiento. Pero a veces no es más que el efecto de la falta de valor, de la dejadez.

¿Las rupturas no nos cambian?

Pueden transformarnos, depende de la forma en que respondamos a ellas. Puede ser la oportunidad de redefinir nuestra vida, pero también puede ser una experiencia muy destructiva. Estar acompañado por la familia o los amigos es esencial para encontrar la energía para superar la tristeza y la soledad.

¿Nuestra vida está hecha de rupturas?

Sí, y nos gustaría que fueran limpias, pero son un desgarro constante. Desgarramos el tejido de una vida en común en la que las identidades están tan mezcladas que ya nadie sabe dónde empieza uno o acaba el otro.

Queremos que la ruptura acabe rápido, iniciar una nueva vida, ¿es posible?

No si la relación es importante en nuestra vida. Las cosas, los libros, las canciones, los lugares están llenos de recuerdos compartidos. No es tan fácil borrar nuestro pasado, incluso si decidimos terminar una historia sigue viviendo en nosotros, a pesar de nosotros. Una ruptura es siempre un cataclismo interior.

Una enfermedad, un duelo, una depresión, ¿es una ruptura con nosotros mismos?

Al contrario: nos sentimos atrapados en nuestra vida, pegados a nosotros mismos, cuando preferiríamos olvidarnos de nosotros mismos, para salir de nuestra vida.

¿Podría crear nuevas posibilidades o es sólo la experiencia de la pérdida?

Puede tomar algún tiempo, pero podemos descubrir una nueva forma de vida mucho más satisfactoria que la anterior, aunque no hayamos elegido la ruptura. Por el contrario: puede que hayas fantaseado con una ruptura como el comienzo de una gran nueva vida y estar muy decepcionado por ello.

Dice que la mayoría de los fracasos no nos aportan nada. ¿El dolor es inútil?

Por supuesto que sí. Puede ser simplemente destructivo. Algunos fracasos fragilizan a la gente, a veces durante mucho tiempo. Cuando has sido traicionado o humillado, puede pasar mucho tiempo antes de que vuelvas a tener confianza, antes de que vuelvas a confiar en alguien.

Después de una ruptura el otro se convierte en un desconocido, ¿sucumbimos a la ilusión del amor?

A menudo la posibilidad de ser otro pone de manifiesto, de manera dolorosa, las ilusiones del amor y del afecto: ¿cómo ha podido engañarme de esta manera?

Duele.

O tal vez no sea una ilusión, tal vez la otra persona ha cambiado realmente y esa es la razón por la que tuvo que irse: para ser libre de expresar otra parte de su personalidad que no podía existir en la relación anterior.

¿Qué podemos hacer con la rabia?

Convertirla en energía. Energía para hacer algo que no nos habríamos atrevido antes, energía para ser más independientes, para crear. Pero también puede ser muy obsesiva. El tiempo ayuda a manejarla progresivamente.

Cuando nos rompemos, ¿qué es lo que se rompe en nuestro interior?

Puede ser una personalidad en la que ya no encajamos o un compromiso al que no podemos ser leales ahora, porque nuestros sentimientos o nuestra forma de pensar (ideología política, espiritualidad) han cambiado.

¿La ruptura entre progenitores e hijos es inevitable?

Todos tenemos que tomar cierta distancia con nuestros padres para convertirnos en adultos.

Cuando alguien querido muere nos preguntamos por qué. ¿No somos realistas?

Sentimos una terrible injusticia. Y tenemos razón, nada lo justifica. Pero la vida no puede vivirse con garantías, las cosas no pasan como uno se las imagina, no basta planificarlas para que salgan bien, pensar eso es irracional.

¿Cómo vivir sin ninguna certeza?

No podemos, es insoportable. Necesitamos tener alguna relación garantizada (familia, amistad), aunque sepamos que nada es para siempre, confiar e imaginar algunos horizontes de estabilidad para continuar en nuestra vida.

¿Cómo?

Correr el riesgo de vivir es apostar por las alegrías posibles. Y tener la fuerza de recordar, incluso en la noche más trágica, el destello de la felicidad que esconde.

https://www.lavanguardia.com/lacontra/20201008/483926157067/una-ruptura-es-siempre-un-cataclismo-interior.html