Vives rodeado de gente que ha dejado el trabajo pero sigue cobrando

Si no ha habido Gran Renuncia en España es porque quizás ha habido Gran Exilio: gente que, harta de todo y quemada, espera con el piloto automático que salga algo mejor

Tengo una teoría sobre la empresa española difícilmente comprobable, así que animo a los antropólogos laborales a intentar demostrarla: si quieres que te despidan, no te van a echar nunca, pero cuanto más necesitas el trabajo, más probable es que te larguen.
En el primer caso, porque la empresa se lo toma como un reto. ¿Cómo, que quieres que te eche? Eso es lo que te gustaría, vas listo. En el segundo, porque cuanto más vulnerable eres, más posibilidades tienes de ser el último mono cuya liana es cercenada en la última reestructuración. No hay nada menos meritocrático que un despido, que en la mayoría de casos depende de estar en el lugar equivocado en el momento incorrecto. Mala suerte.

Nos pasamos la vida dimitiendo en nuestra cabeza, fantasías que a veces se consuman

He recordado esta chapucera teoría de barra de bar porque últimamente me encuentro con mucha gente que ha dimitido de sus trabajos. No, no es que se haya marchado de la empresa como parte de esa Gran Renuncia que nos dicen que no está ocurriendo en España, aunque tengamos la sensación de que sí. Tal vez lo que está pasando es que los trabajadores han dimitido pero sin marcharse de sus puestos, porque en España quién va a hacerlo alegremente con una tasa de paro que no baja del 10% desde hace una más de una década. Esa quizá sea nuestra Gran Renuncia: no un portazo en Recursos Humanos, sino un exilio interior. El “en cuanto me salga algo me voy” se escucha más que “slo-mo-mo-mo”.
Hablando con unos y con otros me he sorprendido de cómo en todas partes ha proliferado el trabajador harto o enfadado o agotado que aguanta con el piloto automático. Vivimos rodeados por zombis que llegan a su hora a su puesto, que hacen las tareas que les han pedido, que hablan poco y tal vez no se quejen demasiado, que ni una mala palabra ni una buena acción, pero que en su fuero interno, han decidido que ya no trabajan para esa empresa. Estamos rodeados de zombis y esos zombis somos todos. Porque el trabajador zombi es, básicamente, el trabajador quemado, en algún punto del amplio espectro que va del término clínico al simple “harto de todo”. Lo dicen los manuales: el ‘burnout’ se manifiesta por “la pérdida del interés por sus tareas” y “una reacción psicológica negativa hacia su ocupación laboral”. La Gran Renuncia no deja de ser el último paso de un proceso que llevaba años larvándose. Como me contaba Anthony Klotz, esto ya existía, pero ahora no es tabú.

Un trabajador zombi. (Reuters/Thaier Al-Sudani)

A menudo resulta imposible distinguir al trabajador dimitido del entusiasmado. Pueden seguir siendo productivos, cumplidores, incluso participativos, liberados de la carga de la responsabilidad y animados por el compañerismo. La diferencia es que, en su mente, ya están fuera, ‘fuerísima’.

Ocurre como en esos matrimonios que siguen funcionando por inercia durante décadas, aunque los dos sepan que hace tiempo que se acabó. Todos conocemos a ancianos que han dimitido de la vida, aunque sigan viviendo. Todos decimos basta poco a poco. La vida es una serie de dimisiones, a menudo simples fantasías que no se consuman, pero que ayudan a levantarse de la cama. La vida también es un proceso de espera, y en eso viven estos millones de dimitidos. En espera de otra cosa, de que algo cambie, y si tienen que elegir entre hacerlo en la calle o cobrando, es natural que se decante por ver hasta dónde pueden tensar la cuerda.

Es una rebeldía que se parece más a la del despechado que espera su momento para asestar la puñalada final que a la del revolucionario que quiere tomar el Palacio de Invierno. Una resistencia pasiva que tiene algo de huelga de celo, en la cual uno sigue en cuerpo y con buena cara, que hoy es viernes, pero no en espíritu. Sonreír, decir que sí y olvidar. Es como uno de esos juegos de aguantar la mirada: la empresa no quiere perder Si eso fuese verdad, les habrían echado ya, dirán. Pero a menudo hay pocos incentivos para hacerlo. Llevan tanto tiempo quemados que, precisamente por esa razón, uno ya no recuerda cómo eran cuando estaban motivados; un dimitido veterano seguramente conozca mejor su trabajo que un entusiasmado novato; y uno se ha reducido tanto que no se espera nada de él. Tengo, además, la sensación de que la cultura de la presencialidad española, irónicamente, hace pasar desapercibido al trabajador dimitido mientras siga ocupando su silla, que es para lo que le pagan. Es como uno de esos juegos de aguantar la mirada: la empresa no quiere ser la primera en apartar la vista.


Leía divertido un artículo de ‘The Washington Post’ en el que explicaba la dificultad que tienen las empresas americanas para despedir a la gente. Probablemente, sea difícil trasladarlo a España, pero daba pistas interesantes: como contaba el autor, “hay trabajos que requieren poco más que mantenerse despierto para hacerlos, y en un mercado tan ajustado, la gente con puestos más altos puede salir adelante fácilmente con el puesto automático”. Cuenta en el reportaje David Cancel, CEO de una firma de ‘marketing’, que para que te echen como ingeniero informático en su empresa hay que ser increíblemente chapucero. No despiden a nadie porque no son capaces de encontrar sustitutos. Dudo que en España sea exactamente igual, pero suena esperanzador después de décadas de “hace mucho frío ahí fuera”.
Ay, me voy otra vez, ay, te dejo
Dice una encuesta de Infojobs que el año pasado, el 23% de los trabajadores españoles se plantearon dejar su puesto de trabajo. Este, el porcentaje asciende hasta el 27%. Los resultados de LinkedIn son semejantes. A lo mejor no hay Gran Renuncia porque lo que hay es Gran Exilio interior.

Una silla calentita (Reuters/Christian Hartmann)

Como contaba mi compañera Paula Soler en un enfoque muy interesante, en España ‘we call it’ ‘Gran Rotación’. Según una encuesta de Adecco, solo un 5% de trabajadores piensan de verdad marcharse de su trabajo sin encontrar otro, lo que refuerza la teoría de que uno dimite sin marcharse, algo que no entra en ninguna estadística. Como matizará alguno, en España hay pocos incentivos económicos para marcharte por tu propio pie. Dicho artículo contaba que lo que retiene a los trabajadores es el teletrabajo, la formación y los programas de liderazgo, el horario flexible, el ambiente laboral o el desarrollo profesional. La salud mental, por otro lado, es el principal motivo por el que la población española activa se plantea dejar su trabajo. Es decir, cuando ya no puedes más.

Todos nos hemos replanteado a la fuerza nuestra relación con el trabajo y hemos llegado a conclusiones iluminadoras: los que cobran poco y saben que su rol es precario, que no les compensa dejarse pisar por dos duros y los que cobran algo más tienen cada vez menos miedo al futuro. Las empresas se encuentran con un duro competidor que hasta ahora no sabían que tenían. La vida, o mejor dicho, la posibilidad de controlar tu propio destino. Dimitir y seguir adelante, exiliado de tu entorno y refugiado en ti mismo, puede sonar alienante, pero es una forma de recuperar el control. Si la silla está calentita cuando suena la sirena, qué más quieren.

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