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Viure (poc) després de la foto més polèmica del món

El fotoperiodista sud-africà Kevin Carter es va suïcidà als 33 anyos; el TNC recupera ara la seva figura en ‘Testimoni de guerra’ 

El niño de la fotografía en realidad no estaba abandonado: los equipos de Naciones Unidas habían empezado a tratar su desnutrición.

La simbólica y dolorosa fotografía tomada en Sudán en 1993 que mereció a Kevin Carter el premio Pulitzer  (Kevin Carter)

alleció con la edad de Cristo, con tan sólo 33 años. Se suicidó. Se dirigió a un lugar junto al río cercano a Johannesburgo en el que jugaba de niño, se bañó, se metió en el coche con el que había llegado y conectó la manguera al tubo del escape para llenar su interior de dióxido de carbono. Y dormirse mientras escuchaba música en su Walkman. Y así quizá ir, “si era afortunado”, como dejó escrito, con Ken, Ken Oosterbroek, otro de sus amigos fotoperiodistas, que acababa de morir en un tiroteo en el que creía, gritaba, que tenía que haber muerto él.

El fotoperiodista Kevin Carter
El fotoperiodista Kevin Carter (Rebecca Hearfield)

Para ese día, el 27 de julio de 1994, el sudafricano Kevin Carter ya había vivido mucho más, y sobre todo visto en directo mucho más horror, de lo que la mayoría de humanos acumula en vidas mucho más longevas. Había llegado a lo más alto, al premio Pulitzer, que había recogido apenas tres meses antes en Nueva York por una foto enormemente polémica, por la que le llegaron a llamar carroñero, pero también a lo más bajo, a contemplar tras su cámara el sadismo y el dolor de la condición humana, hambre infame, lluvias de balas, muertes atroces con neumáticos repletos de gasolina atados alrededor del pecho y prendidos fuego, el llamado necklacing, hasta 20 minutos de muerte hórrida para los negros colaboracionistas del apartheid de su país.

Porque Kevin Carter (1960-1994) ganó el Pulitzer por la icónica y polémica fotografía de una niña famélica a la que acechaba un buitre en un Sudán arrasado por la guerra y el hambre en 1993, pero sobre todo Carter cubrió junto a otros tres amigos y sus cámaras la brutalidad del apartheid y las terribles luchas intestinas de los sudafricanos negros en los estertores del régimen segregacionista.

Las cruentas luchas, casi una guerra civil, entre el Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela y los zulúes del partido Inkhata de Mangosuthu Buthelezi, utilizado por el régimen blanco. La revista de Johannesburgo Living llamó a Carter y sus amigos el Bang-Bang Club, por su atrevimiento a ponerse continuamente en medio de las balas, y justamente uno de ellos, Greg Marinovich, logró el Pulitzer en 1990 con una foto de un militante del CNA matando a un zulú. Marinovich sería gravemente herido el 18 de abril de 1994 y otro miembro del grupo, Ken Oosterbroek, muerto en una lluvia de balas en el township -asentamientos donde el apartheid concentraba a los negros- de Thokoza. Carter había regresado a Johannesburgo, a 10 kilómetros, poco antes, y decía a quien quisiera escucharle que la bala tenía que haber sido para él.

Nacido en una familia católica de origen inglés, no afrikaaner, Carter desde niño detestó el régimen del apartheid. Soñó con conducir coches de carreras, estudió brevemente Farmacia con malas calificaciones, tuvo que realizar el servicio militar, donde sus compañeros le llamaron kaffir-boetie (amante de los negros) por proteger a un camarero de la cantina, y le golpearon. Escapó del servicio y se hizo dj en Durban, pero cuando perdió el trabajo intentó suicidarse. Acabó el servicio militar tras sobrevivir a una bomba del CNA que mató a 19 soldados y acabó enrolado en una tienda de fotografía y, así, en el fotoperiodismo: a los 24 años, en 1984, cuando estallaron en rebeldía los suburbios negros, quiso formar parte del grupo de reporteros blancos que retrataba la brutalidad del régimen pese al peligro y a ser arrestados una y otra vez.

La famosa fotografía de la niña sudsudanesa publicada por The New York Times, niña que luego resultó ser un niño y que no se estaba muriendo -aunque lo haría de adolescente debido al paludismo-, la tomó en 1993 en un viaje junto a Joao Silva, el cuarto integrante de los Bang-Bang. La mitología respecto a la imagen del pequeño acechado por el buitre ha sido ingente. Para empezar, porque se convirtió en un símbolo del destino de África, quizá incluso un símbolo del sistema económico del mundo. ¿Por qué no ayudaste a la niña?, le preguntaron una y otra vez al saber que tardó minutos en tomarla, esperando a que quizá el buitre abriera las alas. Algunos diarios señalaron que el verdadero carroñero era él. Pero el niño no estaba solo perdido, sino muy cerca de una larga y famélica cola de ayuda alimentaria de la ONU en la que estaban sus padres, como prueba la pulsera que lleva, del programa de ayuda.

Sin duda no le ayudó a seguir viviendo, pero no fue lo que le quitaría la vida. La pérdida de su amigo Oosterbroek y su propia situación personal sí lo harían. Carter se aficionó a la marihuana primero y luego a una mezcla de potentes narcóticos que le ayudaban a disminuir el dolor y la lucidez que le proporcionaban las imposibles escenas que vivía sin miedo en directo continuamente. Fue también un empujón más para un desorden vital que le llevaba de una relación a otra -dejó a una hija de seis años- y que poco a poco le conduciría  a perder aviones, entrevistas, carretes de fotografía. Todo sumado a la presión por estar a la altura -envió tarde un carrete de fotos de la visita de Mitterrand a Sudáfrica, pero cuando Sygma, la agencia fotográfica que le fichó en Nueva York tras el Pulitzer las vio, le dijo que tampoco habrían estado a la altura de sus clientes-, acabó quitándose la vida en el momento que su carrera más debería haber brillado.

En la nota de suicidio escribió: “Deprimido… sin teléfono… dinero para el alquiler… dinero para mantener a la niña… dinero para las deudas… ¡¡¡dinero!!! . . . Me persiguen los vívidos recuerdos de matanzas y cuerpos, de ira y dolor… de niños hambrientos o heridos, de hombres locos de gatillo fácil, con frecuencia policía, o ejecutores. Me voy a reunirme con Ken, si soy afortunado”.

Desde el día 21 el TNC recupera la figura de Kevin Carter junto a la de la periodista asesinada en Siria Marie Colvin en Testimoni de guerra, escrita y dirigida por Pau Carrió y protagonizada por Laura Aubert y Pol López.

https://www.lavanguardia.com/cultura/20210108/6172938/kevin-carter-pulitzer-tnc-fotoperiodismo-apartheid.html

Las últimas palabras de Steve Jobs (que nunca dijo)

“En este momento, acostado en la cama, enfermo y recordando toda mi vida, me doy cuenta de que todo el reconocimiento y riqueza que tengo no tiene sentido frente a la muerte inminente. Tengo el dinero para contratar al mejor en la tarea que sea, pero no es posible contratar a alguien para que cargue mi enfermedad. El dinero puede conseguir todo tipo de cosas materiales, pero hay una cosa que no se puede comprar: LA VIDA.

A medida que crecí me di cuenta que un reloj de $300 y uno de 3.000.000 muestran la misma hora. que con un automóvil de $150.000 y uno de $15.000.000 podemos llegar al mismo destino. Que un vino de $150 o uno de $1.500, generan la misma “resaca”. Que en una casa de 300 metros cuadrados, o en una de 3.000, la soledad es la misma. La verdadera felicidad no proviene de las cosas materiales, proviene del afecto que nos dan nuestros seres queridos”.

http://www.recicladas.com.ar/la-carta-que-dejo-steve-jobs-antes-de-morir